Somos Macarena y Carlos, padres de Carla, nuestra única hija que nació muerta el día 29 de diciembre de 2018. 

Nuestra historia está llena de frustraciones mensuales durante años…pues tenemos problemas de fertilidad y sólo pudimos engendrar a Carla gracias a tratamientos médicos después de muchos intentos y decepciones. Fue un embarazo tan buscado y deseado que al enterarnos todo era felicidad absoluta, con todo lo que habíamos sufrido ya nada podría irnos mal, nos merecíamos este final feliz después de tanto tiempo de búsqueda.

Hacia la semana 24 nos dijeron que no ganaba suficiente peso porque la placenta era demasiado pequeña, tendríamos que ir a controles semanales para verificar que recibía suficiente aporte sanguíneo y a partir de la semana 32 habría que hacer cesárea si no ganaba peso.

 Al principio no dejaba de llorar, estaba aterrorizada porque esto no podía estar pasando…no era lo que “tenía que pasar”… siempre me escudaba en que hay mujeres drogadictas y alcohólicas que tienen a sus bebés sanos y yo que me cuido tantísimo, hago deporte y dieta sanísima, después de todo lo que nos había costado tener a nuestra niña, no podía ir nada mal. Así que mi mente se bloqueó en el pensamiento de que nada iba a ir mal. Viví feliz, esas semanas de ecografías siempre eran buenas noticias, ganaba peso poco a poco, aunque siempre menos de lo estipulado, pero lo importante es que no estaba sufriendo y podríamos aguantar unas semanas más para que pudiera madurar mejor dentro del útero.

El día 26 de diciembre a las 5:00 noté alguna leve molestia en el bajo vientre que se pasó en seguida, así que no le dí la mayor importancia, seguí durmiendo. Por la mañana me desperté tranquilamente y a lo largo del día sí que me percaté de que no me dio patadas en todo el día. No le di importancia…estaría cansada, no tendría sitio para moverse…cualquier cosa. Al día siguiente tampoco noté patadas…hice ejercicios a cuatro patas, comí chocolate, le puse música con el móvil…y nada. 

El día 28 de diciembre, en la semana 33, antes de ponerme los monitores en la consulta de alto riesgo el ginecólogo me dijo: “ya te voy a programar la cesárea la semana que viene”. Qué emoción tan grande…en una semana conoceríamos a nuestra niña! 

Pero no duró más de unos minutos la emoción, cuando la enfermera intentó buscar el latido con los monitores. Yo estaba sóla, Carlos se tuvo que quedar en la sala de espera.

Cuando no escuché el latido, ya sabía lo que pasaba, me quité ese bloqueo de mi mente que pensaba que nada malo iba a ocurrir y volví a la realidad, llamó al ginecólogo para confirmar el diagnóstico y así fue…”no hay latido”, como quien dice “hoy hace sol en la calle”, sin tristeza, ni ningún sentimiento de pena…como si le diera igual lo que me estaba diciendo cuando a mí se me acababa de derrumbar el mundo. Llamaron a Carlos y ya cuando él entró empecé a llorar a gritos y desconsolada.

Me quedé ingresada y me indujeron el parto con  unas pastillas, finalmente Carla nació a las 4 de la madrugada del día 29 de diciembre. Nosotros teníamos temor a verla…queríamos que todo terminara cuanto antes y salir corriendo de allí, huir…ese temor hizo que decidiéramos no verla, sólo que se la llevaran y punto, queríamos acabar cuanto antes de todo. Lo que no sabíamos era que nos arrepentiríamos el resto de nuestra vida de no haberla conocido. El mismo ginecólogo nos dijo que mejor que no la viéramos…ahora me pregunto por qué, por muy descompuesta, azul, morada o deformada que estuviera era nuestra hija y la queríamos con locura, estábamos tan bloqueados que no pudimos pensar con claridad y no tuvimos a nadie cerca que nos orientara y nos aconsejara despedirnos de nuestra hija y ejercer como padres en el único momento que podríamos hacerlo. Es la espina que tengo clavada y que siempre me atormentará. Sólo me queda el consuelo de haberla sentido salir de mí, su piel y mi piel, el contacto suave, húmedo y caliente que se queda en mi memoria, el único recuerdo tangible de su paso por este mundo, junto con una ecografía 3d que tengo en mi mesita de noche y que cada mañana acaricio con amor, mucho amor…que al final es lo que me dejó, un valor incalculable de amor.

Macarena y Carlos (papás de Carla)

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