Primer embarazo, inocencia pura. Noa, una niña soñada. Desde la semana 12 se detectan problemas que se van siguiendo mediante pruebas en el hospital hasta que, en una ecografía en la semana 20, le diagnostican una enfermedad rara basada en una malformación muy grave en su cerebro. El médico nos hace un dibujo explicativo y, acto seguido, nos dice que tenemos una semana para poder interrumpir el embarazo legalmente. Nos indica que no busquemos información en internet y que nos citan en una semana para saber nuestra decisión. 

Ante tal confusión, pedimos opinión a un amigo neurólogo y nos explica que el rango de severidad de la enfermedad es el más extremo. A nuestro alrededor, amigos y familiares nos sugerían en su mayoría, con mucha prudencia, que interrumpiéramos el embarazo, que eso no era vida ni para ella ni para nosotros. Y nosotros estuvimos una semana llorando a mares, viviendo en una terrible pesadilla y sintiéndonos diminutos como para poder decidir algo así. Imaginábamos cómo sería su vida y no conseguíamos ver más que su sufrimiento. Así que, con lo que consideramos el mayor acto de amor que podíamos darle, con el mayor dolor del mundo y con la poca conciencia que podíamos tener en ese estado, decidimos dejarle ir. 

Nos derivan a una clínica privada para interrumpir el embarazo, con sus manifestantes antiabortistas en la puerta que te miraban como echándote a los perros. Para ellos era un aborto más. ¿Cómo se puede llamar interrupción “voluntaria” del embarazo, cuando es lo último que querrías hacer en el mundo? Cuando es un ser soñado, amado y darías todo por él… 

Antes de ingresar, pido que donen a la ciencia el cuerpecito de Noa para que investiguen, ya que se trata de una enfermedad tan extraña, pero desvían el tema. Vivimos un parto de 30 horas de dolor en el que yo sólo respiraba intentando aguantar las contracciones, la frialdad del personal (nadie preguntaba por Noa, ni por mi, nadie quería nombrar nada, sólo medicalizar el proceso y que acabara cuanto antes) y, lo más terrible, ir sola al quirófano, donde me sentía como una vaca que iba al matadero, me abría de piernas, respiraba para aguantar el dolor de la exploración, silencio por todos lados y otra vez a la habitación. Tenía la vagina dolorida e irritada después de tantas exploraciones bruscas y sin que el ginecólogo siquiera se pusiera un poquito de gel en el guante. Me sentía casi violada. Finalmente, en quirófano, sin previo aviso, sin ninguna palabra ni gesto, sentí un tirón dentro de mi como de una cuerda que hace tope y, posteriormente, algo salir entre mis piernas. Fue la sensación más terrible de mi vida y siento que aún hoy, años después, permanece en la memoria de mi cuerpo. Dar a luz a mi hija en absoluta oscuridad, sola, sin afecto, sin respeto, sin darle presencia ni a ella ni a mi… De repente alguien dice “Vamos a dormirle” y lo último que recuerdo es al médico sacándome del quirófano andando y explicándome que se me había desgarrado el útero de forma muy extraña, que él nunca había visto algo así, que me había cosido como había podido pero que tenía que ir al hospital. Y yo sólo quería asegurarme de que se donara su cuerpo a la ciencia, que sirviera para algo, es lo que le pedía mientras intentaba caminar. No obtuve respuesta. Tras llegar a la habitación, pedí descansar, pero todo el mundo estaba muy acelerado. Ahí me enteré de que mi vida corría serio peligro. Mandan una ambulancia en la que, tambaleándome bruscamente de un lado a otro, me llevan al hospital, mientras yo temía por mi vida. 

Me ingresan en la planta donde las familias permanecen junto a sus bebés recién nacidos. La primera noche, una enfermera me pregunta, con una sonrisa, cómo está mi hija. No supe qué responder. Mi raciocinio no podía creer que yo estuviera pasando por semejante pesadilla y que mi alrededor no fuera siquiera coherente. 

La experiencia en la clínica ha sido algo que me ha traumatizado por mucho tiempo. Afectó a mi sexualidad, a llenar mi útero de oscuridad. Aquél ginecólogo me salvó la vida y también me la llenó de memorias dolorosas, por tanta frialdad, por la ausencia de empatía, por la deshumanización, por hacerme masticar el tabú de la situación, por no reconocer a mi hija, por no hablar de ella en 30 horas, por no 

ofrecerme verle ni tocarle ni conservar nada de ella. Respirar todo ello, unido a tanto miedo, provocó que hasta yo misma entrara en ese rechazo, algo que luego derivó en mucha culpa, al igual que la decisión de interrumpir un embarazo soñado, sin apenas información, sin respuestas, sin orientación, en estado de shock. Años después he sentido que, si hubiera estado más preparada y mejor acompañada, probablemente habría elegido otro camino. 

Hasta que elegí un camino de luz y transformación, un camino de buscar aprendizajes en cada experiencia, de entender la forma que torna la muerte en amor, de hablar y normalizar el dolor como parte del proceso de sanar la herida, de llenar los brazos vacíos con el amor hacia una misma, de darle un sentido constructivo a mi recorrido y acompañar a quien me abra la puerta, confiando en el poder que ofrece el compartir. 

Bela Rodríguez Sánchez (Psicóloga en “Viraia”, “Alma y Vida” y “Asociación Matrioskas”)

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1 Comment

    • Ester
      29 junio, 2020 at 11:43 pm Reply

      Buenas noches,mi nombre es Ester. Yo tb soy mamá en duelo por desgracia desde el 27 de enero de este año
      Acabo de leer tu relato y me siento tan terriblemente identificada contigo en cuanto al desencadenante de esa terrible decisión de interrumpir tu embarazo…A mi hija también le detectaron una malformación rara en su cerebro:hemimegalencefalia supratentorial derecha;la cual se traduce en un crecimiento desigual de una de las partes del cerebro con respecto a la otra,y ello conlleva continuos ataques epilépticos sin control farmacológico y sin posibilidad de cirugía. Qué tipo de enfermedad rara le detectaron a tu bebé?,si no te importa comentarlo,claro. Un saludo desde Málaga y mucho ánimo.

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