Mi nombre es Rocío Rosano García, tengo 35 años y natural de Cádiz. Soy la mamá de María,
un bebé que nació el día 19 de febrero de 2019, con 37+4 semanas, en el hospital Puerta del
Mar (Cádiz). María pesó 2,440 kg y midió 46 cm.

El 11 de julio de 2018 recibo la noticia que estoy embarazada, después de casi 2 años de
búsqueda, me quedé bloqueada, sin hablar y no me imaginaba lo que mis ojos veían en esos
momentos. Fue un embarazo buenísimo de salud y radiante de felicidad.

Desde la primera semana hasta la semana 37 fue todo perfecto; todas las revisiones, visitas a
matronas, ecografías (tanto en la sanidad pública como privada). Únicamente en la ecografía
de la semana 32 en el Hospital de La Línea de la Concepción, la ginecóloga Mari Carmen
Escamez me comentó que venía un poco más pequeña de lo normal, pesaba 1,785 kg
(percentil 38).

 Antes de soltar lo que me dijo, ella no paraba de mirar unas curvas que estaban pintadas en el ecógrafo y le pregunté que era y me dijo es el flujo de la sangre a través del cordón, de nuevo pregunté asustada si estaba todo bien y me contestó que todo perfecto. En mi opinión, fue la única que se percató que algo no iba bien pero no le tomó importancia. A las 15 días, en la semana 34, fui a mi ginecólogo privado Cuevas Palominos del hospital Quirón del Campo de Gibraltar en Algeciras, se lo comenté todo y me dijo que él no me hubiese dicho nada, porque ese peso y percentil es bajo, pero dentro de la normalidad. Por lo tanto, me quedé tranquila. En esta semana 34, mi bebé ya pesaba 2,185 kg.

El lunes 11 de febrero, estaba en la semana 36+3, llego al trabajo y me encuentro un email de la mutua en el que me deniegan la baja por riesgos laborales a las 37 semanas. Ahí empezó mi calvario y me expreso así porque a partir de ahí, todo salió mal. Solo comenté a mi jefe y encima me hizo hacer una reclamación y su intención era que siguiese trabajando hasta que contestaran. Mi enfado era tremendo porque llevaba todo el embarazo trabajando, sin faltar ni un solo día, además de soportar un cambio de categoría en el contrato (de Ingeniera de Estudios a Auxiliar de Administrativo, solo por el hecho de estar embarazada). Tenía claro que el viernes de esa semana, el día que cumplía las 37 semanas, me iba a casa. Pero mi jefe seguía insistiendo en la reclamación y entonces fui a urgencias del Hospital de La Línea diciendo que me dolía muchísimo las lumbares. Allí me hicieron un tacto, me pusieron las correas y estuve un buen rato escuchando por última vez a mi niña María (cuantas veces pienso, si ese día me hubiesen hecho una eco, además estaba de guardia la misma ginecóloga, hubiese visto que su peso era menor que el normal, y hubiese nacido viva).

El viernes 15 de febrero, estaba en la semana 37, terminé de trabajar, y me trasladé de la casa de la Línea de la Concepción donde actualmente resido a la casa que tenemos en Chiclana porque siempre tuve claro que mi niña nacería en el hospital Puerta del Mar. Hasta ahí bien, cansada de toda la semana, pero normal.

El sábado por la mañana bien temprano, noté por última vez a mi niña. Me levanté de la cama y le comenté a mi marido que estaba cansada y que no iba a quedarme en casa terminando la habitación (parecía que me olía algo). Me fui a casa de mis padres a comer y ese día me notaba muy triste, no la sentía…Fue increíble como la pena ese día me invadía sin decir nada a nadie para no asustar ni alertar de nada. Me fui con mis sobrinas de compras y a un parque, y a  medida que pasaban las horas, seguía sin notarla pero me imaginé que estaba muy cansada de toda la semana, nunca me imaginé nada así pero si me seguía sintiendo triste (notaba como que algo que iba a ocurrir).Por la noche, llegué a casa y seguía igual sin moverse.

A la mañana siguiente, sin levantarme de la cama, le comenté a mi marido que seguía sin notar a María, me dijo por favor Rocío no empieces con tus cosas, toma algo de chocolate y verás cómo se va a mover. Después de tomarme varias onzas, la llamaba, me tocaba la barriga y ella no respondía. Mi marido me planteó de ir al hospital y le dije que no (tenía mucho miedo pero veía que algo estaba pasando), que esperaría a echar el día a ver qué pasaba. Él se volvió a Baeza, donde actualmente reside por motivos profesionales, y yo me fui al campo con la familia. Nada más llegar allí, toda la familia me esperaba muy felices de verme y ya les comenté que estaba mosqueada desde el día anterior, porque no notaba a mi niña. Me comentaron que ya por último, no se suele mover mucho porque estaría encajada y demás, pero yo le decía, si hasta el viernes se movía muchísimo y a todas horas (en mi cabeza no entraba que de un día para otro, no tuviese demasiado hueco para moverse).

Eché todo el día y a la noche, me quedé a dormir sola en mi casa de Chiclana. El lunes tenía que ir al centro de salud para hacer mi traslado, solicitar un médico de cabecera y una matrona, que me tenía que dar cita para monitores porque la ecografía de las 38 semanas, me volvería a la Línea a hacérmela.
Ese lunes 18 de febrero, fui al Centro de Salud “El Lugar” en Chiclana de la Frontera y lo primero que hice es coger número para urgencias y contarle que me pasaba. Solicité que me viese la matrona porque no sentía la niña. La administrativa me miró con cara extraña y le dije, si soy primeriza pero ésto no es normal, y por eso vengo y su respuesta fue la siguiente: la matrona tiene cita concertada y ella no estaba para esas cosas. Me dio directamente cita con el médico de urgencias, éste me escucho y me dijo que no me podía derivar a la matrona y que me fuese para el hospital. Me derrumbé y ahí que fui al hospital de Puerta del Mar.

Llamé a mi familia, nadie en ese momento contestaba, hasta que localicé a una de mis hermanas pequeñas y la recogí en San Fernando y nos fuimos para el hospital. Ya de camino, mi padre me devolvió la llamada y allí que llegó antes que nosotras.
Entramos los tres por urgencias, y corriendo a la tercera planta. Fue abrir la puerta, escucharme decir, no noto a mi niña y me llevaron 3 o 4 enfermeras, no recuerdo muy bien, a una de las salas de dilatación. En ese momento, me llamó mi marido y le dije que estaba en el hospital de Cádiz, y que me iban a tumbar en la cama y que lo llamaba en cuanto que me dijesen algo. Me tumbé en la cama y me pusieron un doppler y enseguida me di cuenta, que no se escuchaba nada. No me acuerdo si pregunté pero creo que sí, y dije: “no se escucha”. Ellas se miraron unas a otras y enseguida capté que algo no iba bien y dijeron llamar al médico.
Tardó segundos en aparecer el ginecólogo con unos residentes, en total, eran 6 o 7 personas.

Fuimos para el ecógrafo, me tumbé y el ginecólogo (que no recuerdo su nombre, era alto, rubio y joven) me puso el ecógrafo, miraba y miraba y cuando llevaba un rato de nada, le pregunté: “y los latidos, no se escucha”, y me dijo: “se ha parado”. Me volví loca, gritaba, lloraba, la nombraba a voces, etc. (cuantas veces me viene a la mente ese momento). Le dije al ginecólogo que me cogiese la mano. Enseguida me preguntaron si venía sola, y pasaron a mi padre y a mi hermana, y le dieron la noticia junto a mí. Se volvieron locos, mi padre lloraba y gritaba: “pero porqué, qué hemos hecho nosotros “ (se sentía tan desgraciado, porque ya mi  hermano se fue al cielo hace 12 años y medio, con 21 años de una endocarditis aguda). Nos dejaron un buen rato solo los tres, no paramos de llorar, yo en ese momento, le dije a mi padre, por favor, papa no te pongas así, que te puede dar algo.

Al rato, vino el ginecólogo y le dije que tenía que llamar al padre que estaba fuera y tenía que coger carretera. Me armé de valor, y ahí llamé a mi marido. Recuerdo perfectamente decir llorando, casi sin voz: “Jacobo, la niña se ha parado” y su contestación fue: “que dice, de verdad”, no se lo podía creer ni yo tampoco. Le pedí por favor, que tuviese cuidado por la carretera. Seguidamente, también llamé a mi prima Carmen para que avisara a mi madre y a mi hermana mayor y se viniesen corriendo.
Pasado un buen rato, el ginecólogo nos sentó a los tres allí mismo y nos explicó todo el protocolo a seguir. Lo primero que le dije, que yo no quería tenerla, que por favor, me hicieran una cesárea, y me dijeron que era mejor para mi recuperación (e imagino también que psicológicamente sería mejor el parto inducido, que dejar una cicatriz en tu cuerpo de una historia con final trágico). Me estuvo haciendo varias preguntas y yo muy colaboradora porque aún no creía que el tema iba conmigo. Él seguía escribiendo en el ordenador y en un momento, recuerdo que dejó de hacerlo y le pidió a una de las enfermeras que llamara a planta para pedirme una habitación aislada.

A continuación, me pasaron a una habitación de dilatación apartada dónde estuve acompañada en todo momento de mis familiares. En esa habitación recuerdo que fueron unas horas hasta subir a planta.
A medida que fueron entrando matronas allí, se fueron presentando y me trataron muy bien aunque yo no recuerdo ahora mismo el nombre de ninguna, solo de las que me ayudaron en el parto.
A continuación, me llevaron a la última habitación del pasillo de la planta 6 a mano izquierda.   Al rato de estar allí, llegó mi marido desde Baeza y recuerdo perfectamente su cara desencajada, roto de dolor, llorando (en casi 10 años nunca lo ví llorar) y solo recuerdo que nos quedamos solos en la habitación llorando amargamente…

A las 5 de la tarde, me pusieron unas pastillas vaginales para empezar con el parto inducido. Y así cada 3 horas, me daban dos pastillas que eran una “bomba”, porque en el momento no notaba nada pero a lo largo de la noche, los dolores fueron tremendos. Estuve toda la tarde sin molestias físicas, rota de dolor. A partir de las 23.30 h empezaron dolores, parecidos a los dolores de regla y en un par de horas más tarde, empezaron los dolores desgarradores que soporté. A las 3 de la mañana aproximadamente, me dieron un calmante pero los dolores continuaban, así que le pedía llorando y por favor, a mi marido que llamara a la enfermera, para que me bajaran a paritorio porque no aguantaba más.

A las 5 de la mañana nos bajaron a paritorio y me pusieron la epidural. Seguidamente, me quedé dormida y era lo que quería la matrona para que cogiese fuerza para el momento que me quedaba por pasar. Quiero recordar que la matrona Patricia ya estaba conmigo cuando me pincharon la epidural y no me dejó en ningún momento sola hasta que subí de nuevo a la planta. Estuve dormida hasta las 9 y poco de la mañana, y a continuación, vinieron a verme las matronas y pasó de nuevo el ginecólogo. A continuación, me hicieron un tacto y solo estaba dilatada 1 cm, así que me pusieron la oxitocina a las 9:40 h, y empecé a dilatar. A las 10:50 h, le  dije a la matrona Patricia: “he intentado de hacer pipis y caca porque tenía ganas y no he podido”. Enseguida ella me hizo un tacto y sus palabras fueron: “está aquí ya, venga Rocío aquí mismo en la cama como dijimos verdad”, y dije: “sí aquí mismo, yo no quiero ir con las demás” y me dijo: “mejor aquí mejor, tú tranquila”. En ese mismo momento, me preguntó que quien quería que estuviese y le dije: “me da igual”. Así que estuvieron presentes en el parto, mi marido, mi madre y mi cuñada, los mismos que estaban cuando la matrona me preguntó.

Recuerdo perfectamente a mi lado izquierdo a mi marido y a mi lado derecho, estaba mi madre. Empecé a empujar y en todo momento, la matrona Patricia y una residente de Guadalajara que estaré siempre agradecida por el trato que tuvo conmigo, como persona y profesional. Fue ella la que hizo todo, dirigida por Patricia. En el segundo empujón, me cogí las piernas y me las flexioné, aunque no tenía fuerza, ni sentía las piernas. Y en el tercero y último intento, dijeron: “ya Rocío ya, campeona, etc.”. Eran las 11:15 h de la mañana y nació sin vida mi niña María y enseguida se la llevaron. Yo no paraba de llorar y de llamarla: “Mi niña María, María…”.

Al rato, entró en la habitación otra matrona y preguntó quién la quería ver y ahí fue mi madre directa. No se lo pensó dos veces, ella sí quería ponerle cara a su tercera nieta, que tantas ganas tenía de que viniese a este mundo.
No recuerdo que tiempo pasó, la matrona Patricia me preguntó si quería verla y enseguida le dije que no, intentó convencerme y me dijo que sería mucho mejor para mi duelo y le dije si vosotros me lo aconsejáis, lo haré. Mi marido tampoco quería verla por mí, porque se pensaba que me iba a quedar con mal recuerdo y todo lo contrario. Cuanto lo agradezco. Así que ahí vino Patricia, con mi Maria en los brazos con un arrullo, y cuando me la puso encima, yo estaba muy tumbada y pedí que me incorporaran para poder cogerla bien y verla. Ay!, qué carita tenía mi niña. Me la trajeron con un pijama y un gorrito. Me quedé bloqueada en ese momento, solamente lloraba, y la matrona fue la que me decía: “mira es delgadita como tú y muy larga (medía 46 cm de 37+4)”, ella le destapó el gorrito y me dijo: mira “morenita como tú”. Me enseño sus manitas y sus pies, porque insisto estaba bloqueada y no paraba de llorar.

No paraba de mirarle la carita, tenía mucho pelo negro, los ojos como su padre. Su nariz era chatita y la boca como la mia, tenía el hoyito en la barbilla como yo. Le toqué la carita y estaba calentita aún. Tan bloqueada estaba que ni le di besos. Me parecía como un bebé dormido.
Tengo grabada esa imagen en mi cabeza y no la quiero olvidar, por eso, todos los días, cierro los ojos y pienso en su carita. No tengo fotos de ella, estábamos completamente en otra nube.
Tampoco nos dijeron nada en el hospital, a lo mejor, si me lo dicen de echarle fotos como me dijeron que la viese, a lo mejor, lo hubiese hecho. Pero no me arrepiento ni me siento culpable.
No recuerdo si fue antes o después de ver a mi niña por primera y última vez, cuando vino la matrona con una cajita de recuerdos de ella. La abrí y me encantó, pero sinceramente, en ese momento no supe darle el valor que tiene a día de hoy. Ahí en esa cajita, venía su huella en color tinta lila, su gorrito y tres pulseritas. Es el regalo más valioso que pude recibir aun en esos momentos tan malos, porque es lo único que estuvo en contacto con ella. Me quedo con esos recuerdos y con todo el amor que me transmitió las 37+4 semanas que estuvo en mi vientre y con eso, a día de hoy, me quedo.

A continuación, se terminaba el turno y la matrona Patricia y la residente vinieron a despedirse. Además Patricia, conocía a mi hermana mayor, porque sus hijas estuvieron juntas los 6 años de primaria. Nos abrazaron, nos dieron mucho ánimo y al rato, me llevaron a la habitación.
En esa habitación estuve toda la tarde de ese martes, con muchas visitas de  familias y amigos. Y aún estaba descolocada y no parecía que iba conmigo.

A día de hoy, han pasado 3 meses y medio justamente y aunque he vuelto a mi rutina de mi trabajo, mis tareas de casa, mis paseos, etc. Aún sigo sin creerlo, e intentando tirar hacia delante para no caer en ninguna depresión más. Y digo esa palabra porque se de lo que hablo, estuve depresiva mucho tiempo años después de fallecer mi hermano y estuve descolocada, llegué a perder memoria, concentración, apetito sexual, muchísimo peso, etc. Por este mismo motivo, estuve tan mal psicológicamente, que no quiero ni me permito decaer del todo. Como dice mi psicólogo: “tú no estás depresiva Rocío, tú estás pasando un duelo”.
No quiero terminar mi historia triste y llorando como llevo todo el día de hoy, en los tres intentos que me he puesto a escribir. Voy a terminar como he empezado, con alegría, esperanza y gritando a los cuatros vientos, que la quiero con locura, que la amo, que la adoro y que lucharé por ella. Todo lo hago por ella, porque sé que desde el cielo está súper orgullosa de la mamá que tiene. María, me dará esa fuerza que necesitamos y estará siempre en nuestros corazones.

ROCIO ROSANO (mamá de María)

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