Mi precioso Felipe,

Sólo habían pasado dos semanas desde que me enteré que eras niño, lo que deseaba, lo que deseábamos papá y yo, Felipe, te llamas así por mi abuelo, nunca lo pensé antes, fue una vez embarazada que si eras niño te llamarías como él.

No fuiste buscado, en ese momento no contábamos con ser papás, pero cando ves ese positivo y en ese mismo instante que me enteré que existías fui la persona más feliz del mundo. Iba a tener la oportunidad de ser mamá con la persona que más quería e ibas a ser un bebé muy feliz.

Soñé con mi barriga creciendo, contaba los meses para que se notara. Ya todos mis planes eran contigo.

Qué ilusa, que ingenua y cuanta inocencia que nunca más volverán.

Pero cuanta felicidad me diste en esas 22 semanas.

A veces me pregunto, ¿Por qué te perdí?

Una parte de mi se fue para no volver y quiero pensar que esa parte que nunca volverá está contigo, y mientras tanto yo volví a nacer de otra forma, con más miedos, con mi soledad de madre que nunca conoció a su bebé, que nunca tuvo su barriga gordita y la cual nunca volverá a ser la misma.

Todo esto se llevó una ilusión y una alegría con la que no contábamos y terminó convirtiéndose en lo más triste que le puede pasar a una familia, perder un hijo.

Felipe, gracias por hacerme madre, gracias por demostrarme que puedo con todo y gracias por enseñarme que se puede querer sin recibir.

Hoy mi bebé sólo crece en mi mente y si todo hubiera ido bien hoy seguiría siendo ingenua e ignorante y sobre todo mucho más feliz…

Porque todo esto te rompe pero la vida continua y siempre sale el arcoíris después de la tormenta.

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