Sólo unos días después de perder a mi chiquitina, en una de esas búsquedas incesantes de respuestas, acudí a la consulta de la matrona para cancelar mi cita de las 26 semanas. Allí me habló de una asociación de mi provincia.
Al principio negué la ayuda. Valientemente quise salir a la calle. Necesitaba encontrar a gente que me preguntase por mi embarazo para poder pregonar lo que me había ocurrido y así mantener el recuerdo de Lara en la sociedad. Me topaba con las frases preestablecidas que tan poco gustan, pero mi cometido era luchar contra ellas y concienciar de que un hijo es insustituíble y de que nada consuela su pérdida. No obstante,  me encontré con algo que no esperaba: la negación del dolor. Para eso ya no estaba preparada…
Se me permitió llorar a mi querido perro durante un año (aunque sé que a las espaldas era criticada por ello). Sin embargo, con la muerte de mi niña, noté rápidamente queen menos de una semana, la gente de mi entorno dejaba de hablar de ella. Sé que piensan que hablar de ello resulta doloroso y que el olvido traerá la sanación; lo que no comprenden es que nunca podré olvidarla…ni quiero hacerlo.
La gente de la calle te suelta un “tenía que pasar”, “era lo mejor”, “la naturaleza es sabia” y “ya tendrás más” entre otras cosas, pero rápidamente intentan cambiar de tema porque no saben qué decir y les resulta incómodo.
Para mí, resulta consolador hablar de ella, integrarla en mi vida y sentir apoyo. Recibir condolencias, que me pregunten cómo era, cómo fue el parto, cómo me siento…hablar de ella y de mis sentimientos hace que sienta que ese medio año de embarazo no fue en vano, que ella sigue presente en el mundo mediante el recuerdo y que nació y murió a los minutos para enseñar a los demás a querer y respetar lo que no ven.
No se llora por no ser madre, porque se es madre de un ángel (aunque nos gustaría serlo de otro modo); se llora porque pierdes a una personita a la que has visto y notado crecer, a la que quieres desde que empiezas a fantasear con embarazarte…pero también se parten en mil pedazos todas las espectativas de futuro que tenías, y es muy duro perder el norte cuando ya te has hecho el cuerpo a una vida y has fantaseado tanto con ella.
Así decidí buscar el apoyo y la comprensión que necesitaba donde sabía que la iba a encontrar, ya que mi marido es de hablar poco y es el único que me comprende. Yo soy de desgastar el dolor hasta aburrirme de él y necesitar avanzar.
Encontré en Matrioskas una vía de escape, donde compartir todos mis miedos e inquietudes, y recibí mucho más, porque dos meses después siento que la pérdida de Lara sirve para dar voz y consolar a quienes no saben componer con palabras lo que sienten. Cada historia es diferente, y a la vez es parecida. En ese grupo nadie juzga cómo fue la pérdida: acompañamos en el dolor y compartimos las heridas del alma para que nos sean devueltas transformadas en amor, hacia los niños estrella de las demás y hacia los nuestros propios. Ya la siento como una segunda familia.
En Matrioskas he visto más fotos de niños fallecidos que muertos en el tanatorio en toda mi vida y, lejos de resultar macabro, resulta conmovedor todo el sentimiento que despiertan y lo mucho que sanan esos cuerpecitos inertes, porque siguen vivos dentro de los corazones de cada uno de los integrantes del grupo. Hemos creado un universo paralelo en el que nuestros pequeños son angelitos que comparten chupetes, juegos y siestas y velan por nosotros desde las alturas. Cada foto compartida muestra niños preciosos, muy queridos, que han cambiado nuestras vidas. Desearíamos con todas nuestras fuerzas que volvieran del más allá para no quedarnos atragantados con este cariño, que pudiéramos derrochar los besos y caricias con ellos, pero al no poder, hemos aprendido a amar con el alma y con todo nuestro ser.
Ya no voy deseando hablar de ella a cada instante, porque cuando pienso en silencio, es a ella a quien hablo, y así será toda la vida. He descubierto en este camino que hay muchas personas que comparten mi sentir, y ahora nuestra lucha es apoyar a los que desgraciadamente vienen detrás y librar una batalla por lograr cambiar todo el sistema sanitario y el concepto de la muerte perinatal en la sociedad.
El Coronavirus nos ha negado los abrazos, que son quizás el mejor consuelo que podríamos recibir sin necesidad de palabras, pero desearía poder abrazar a cada una de esas madres valientes y de esos padres fuertes que día a día me demuestran que el amor sobrepasa cualquier límite conocido, que el no poder ver o tocar a tu hijo no hace que seas menos padre.
Desde aquí os doy las gracias, porque no me siento limitada nunca, porque me siento integrada siempre.
A Lara le agradezco el haberme hecho encontrarme a mí misma, no pensar tanto en qué dirán, sino en qué deseo y en qué necesito. Su pintura preside mi salón, y es para mí un orgullo haberla gestado, haberla parido y haberla amado. Fue breve, pero su huella es eterna.
José, mamá de Lara.

 

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