En mi vida, como toda vida, he tenido experiencias buenas y experiencias no tan buenas. Pero en general nunca había sentido un dolor tan profundo como la muerte de un hijo. A día de hoy me pregunto ¿Dónde vivía yo antes de todo esto? Es como si de repente, toda la gente de mi alrededor fuera diferente, como si se corrieran unas cortinas a cada persona y me permitieran ver su interior, su otra cara. La cara más dolorosa de sus vidas. Esa que incomoda, esa que nos enseñan a ocultar, a tapar porque así “somos más fuertes”, “más positivos”, porque la vulnerabilidad no mola. La panadera que durante años me daba los buenos días con una sonrisa, de repente lloraba conmigo contándome su enfermedad, el frutero que siempre tenía un chiste cada compra, ese día me confesaba con los ojos iluminados que nunca consiguió ser padre con su mujer. De repente, el dolor de las personas venía a mí. Incluso historias que ya conocía, me hacían sentir como nunca antes, me llegaban de cerca, me llenaban el corazón hasta hacerlo rebosar. Tanto dolor llegó a abrumarme, sin embargo, poco a poco, también me hizo aprender a mirar el mundo de otra forma. A apreciarlo con todas sus caras, me hizo ser más valiente por atreverme a asomar a la cara oculta de las personas. La otra cara de la luna. Ahí donde la gente vuelve la cara, porque duele ver a la madre sin pelo, al adolescente deprimido, al abuelo en soledad. (Y un largo etcétera.) Y aprendí que para apreciar la belleza de la luna, hay que abrazarla entera, con su luz y con su oscuridad. Y ahora siento que quiero más, o quizás mejor. Y que compartir el dolor no me hace más pequeña ni más débil, si no más grande, más fuerte, más plena.

Rosa (mamá de Federico)

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