CÓMO SUCEDIÓ TODO
Desde siempre supe que quería ser madre. Mi instinto maternal estaba latente desde muy joven, y aunque Federico llegó por sorpresa, fue la sorpresa que más feliz podía hacerme. 28 años y más de 10 con mi marido ¿Cuántas veces habríamos fantaseado con ser padres? Hasta nuestra empresa juntos se dedicaba a la educación y el trabajo con niñ@s y jóvenes. Nos imaginábamos disfrazándondos en conjunto, pasando las tardes en el parque o leyendo cuentos… Habíamos hablado mil veces de los valores que querríamos transmitirle, incluso de las cosas que mejoraríamos nosotros mismos para darle ejemplo. A pesar de algunas consecuencias del confinamiento como el tener que ir sola a las ecografías, no tener clases preparto o sentir miedo por el bajón económico en Tartaruga, el embarazo lo disfrutamos muchísimo. Tuvimos todo el tiempo para abrazarnos, escucharnos, hablarle a la barriguita y acariciarlo desde fuera… Nos hicimos mil dibujos y mil fotos, ¡incluso vino de campamento! El primer nieto de la familia… cuántos regalitos esperándole. Y llegó la fecha, y pasaron 2 semanas más y él sin querer salir… Me daba mucha rabia porque todo el embarazo había ido perfecto y quería que el parto también lo fuera e incluso me molestaba que tuvieran que inducírmelo… Pero tenía tantas ganas de ver a mi niño que ese día se me quitaron todas las tonterías y fuimos con toda nuestra energía al hospital. Allí desde el primer momento nos trataron con mucho cariño, así como nos sucedieron anécdotas de lo más graciosas… A la tercera pastillita las contracciones ya no hacían tanta gracia y finalmente me llevaron a paritorio, todo el parto fue genial, jamás pensé que sentiría algo así, por más que había escuchado frases hechas del tipo “las mujeres creamos vida”, “te conozco porque te he parío” etc. Nunca pensé que pudiera existir un vínculo físico tan fuerte, porque más allá de lo emocional, existe un factor físico que nunca pensé que pudiera unir tanto. Incluso dar el pecho que antes pensaba que podría ser un poco desagradable, me fascinó. Todo el dolor se me olvidó (y os juro que se me olvidó al completo, que ni ahora soy capaz de recordarlo. Es más, lo repetiría una y mil veces) Vivirlo fue mágico, y ver los ojos de tu padre al lado me transmitía lo que yo desde mi perspectiva no alcanzaba a ver. Por fin, los tres juntos, éramos una familia. Nuestro sueño hecho realidad. Alguna vez me habían preguntado “¿Cuál es tu mayor miedo?” Y yo siempre decía “ser estéril”. Federico me hizo el regalo más grande, que era romper mi mayor miedo y darme la mayor alegría. Pero la vida unas veces te da y otras te quita, y no somos conscientes de la cantidad de desgracias que suceden en el mundo hasta que nos toca sufrir alguna. Sé que siempre hay cosas mucho peores, pero perder a mi hijo ha sido sin duda la más dura que nosotros hayamos pasado nunca. Tras toda la noche sin dormir ni Jesús ni yo porque no podíamos dejar de mirar a Federico descansando encima de mí, amaneció y la enfermera entró a primera hora de la mañana diciendo “¡Qué cara de felicidad tiene esta mami! Eso es que su bebé ha podido comer sin problema ¿no?” Se acercó para cogerlo y antes de hacerlo se quedó mirándolo y me dijo “para mí todos los bebés son preciosos, pero unos más que otros y este desde luego es de esos ¡qué bonito!” se para unos segundos y me dice “has visto ese gesto en la mano? Lo ha hecho más veces?” Un pequeñísimo movimiento del que aún no sé ni cómo pudo darse cuenta, y me dijo que lo controlarse y que igualmente iba a llamar a la pediatra. Pero todo esto con total normalidad, una vez haber nacido cómo iba a imaginar que podría pasarle algo malo… Así que Jesús fue con la pediatra y yo aproveché para ducharme. Al salir no paraba de escribirle y él no me respondía. Busqué por todas partes el lugar en el que estaba y lo encontré frente a una puerta cerrada, a punto de llorar. Al preguntarle qué había pasado me dijo que de repente comenzó a temblar y llamó al médico “este niño está convulsionando, sacad al padre de aquí” fue lo que le dijeron, y acto seguido, no se cuántos médicos y enfermeros más alrededor. Directo a la UCI, con un coma inducido para intentar que su cerebro se dañase lo menos posible. Y ya nunca más volví a oír su llanto, ni a verle sus ojitos curiosear. Estuvimos 11 días viviendo en el hospital, sin apenas comer ni dormir, con la mente de un lado a otro sin poder parar. Tras varias pruebas le detectaron encefalopatía epiléptica temprana. Su diagnóstico era muy grave, si sobrevivía, su calidad de vida sería escasa. Pasé días sintiéndome culpable por haber podido hacer algo mal, o por no sentirme capaz de asumir una situación tan difícil como es un hijo con un grado de discapacidad profunda, odiándome por sentir que juzgaba la vida de tantas familias con situaciones parecidas. Y a pesar de todo solo quería que sobreviviese, porque aquí estaban sus padres para cuidarle todo lo que hiciera falta. El 13 de Octubre me dejaron cogerle viendo que no iba a poder resistir mucho más, en ese rato le mejoró su frecuencia cardíaca, le aumentó la temperatura y no sé qué cosas más. La naturaleza volvía a parecerme asombrosa. Sedado, pero con mamá. Sin embargo al día siguiente falleció debido a un fallo multiorgánico causado por toda la medicación, demasiado para un cuerpecito tan pequeño. Era nuestro bebé y así se fue, siendo nuestro bebé en mis brazos, como el primer día.

Te quiero Fede.
Aún siguen investigando la causa que originó la enfermedad, puede que sea genética y no podamos tener más hijos. Ojalá no lo sea. Pero aunque tuviera mil más, ninguno será Federico. Siempre en mí pequeño, en mi mente y en mi corazón. Mi precioso, mi bollito, mi rollito de canela, trocito de su papá y de su mamá, lo más listo y bueno. Tú, hasta el infinito y más allá, nuestro amor eterno.

Rosa y Jesús, padres de Federico

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