Lágrimas Blancas

Estos días pasados ha sido la semana de la lactancia materna, y he recordado lo difícil que fue adaptarme con mi primera hija, pero al final es un vínculo bonito y algo que empodera…lo que no supe hasta este año, es que había muchas otras formas de lactancia.
Cuando parí prematuramente a mi segunda hija y falleció, no se me pasó siquiera por la cabeza que mis pechos podrían tener leche. Sí, había parido, pero pensaba que la leche se producía a partir de un mes de gestación más tardío y a través de la estimulación del bebé para obtener calostro…
A la mañana siguiente de la pérdida de mi hija, me encontré en shock ante dos pastillas “para que no te suba la leche”. No me dieron mayores explicaciones, ni yo en ese momento era capaz de cuestionarme nada…de hecho, realmente no pensaba que mis pechos tuvieran o pudieran tener leche. Tomé aquel par de pastillas como el que se bebe un vaso de agua a media tarde, sin pena ni gloria.
Fue al día siguiente, que tuve que ir a gestionar la baja maternal con el equipo médico de mi localidad, al que considero familia, cuando todo se desbordó: mi hija no tuvo bienvenida, tampoco despedida en un velatorio…mi hija jamás tendría un entierro y, como consecuencia, yo no podría desahogarme abiertamente como hubiera deseado. Cuando llegué al centro de salud, lugar donde me he criado por ser hija de empleado, era la primera vez que veía caras amigas tras mi pérdida. Necesitaba tanto, tanto un abrazo y llorar la muerte…pero estábamos en mitad de una pandemia, y precisamente los profesionales bde la salud son los menos indicados para romper las distancias de seguridad. Me vi desbordada por las lágrimas, por un llanto que atenazaba mi garganta y, de repente, sentí un dolor en el pecho y en la espalda que creía que me atravesaba. Me hiceron sentarme y tranquilizarme. Aparentemente se pasó o se aminoró. Yo no entendía lo que me estaba sucediendo.
Aquel dolor penetrante que me fraccionaba en dos el alma, era la muestra de mi amor más profundo hacia mi hija celestial: era mi segunda lactancia materna, esa que jamás creí que existía y que experimentaría…era una subida de la leche a borbotones que ahora sé que se llama “lágrimas blancas”. Mi alma gritaba, mis ojos lloraban a mares, pero también mis senos.
Las pastillas frenaron la cantidad, pero no pararon en seco el proceso. Pude asimilar lo que me estaba ocurriendo y deseé no haber interrumpido con medicación: quise donar a la uci de neonatos y darle leche a mi hija mayor, pero solo alcancé para hacerme una joya de leche materna que recordase mis lágrimas de amor por mi pequeña, aquella a la que había querido tanto, que lloré su marcha incluso con leche.
La lactancia materna es otra forma de amar a nuestros hijos, incluso cuando el instrumento es un biberón…siempre es reflejo de amor, de protección, de vínculo entre madre e hijo.

Maria José, mamá de 👧🏼Lucía, ⭐️Lara, 🤰🏻Irene🌈

 

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